Al pensar en ella, me he dado cuenta de lo poco que sé de mi tía y madrina, Teresa del Rincón. Lo que conozco, me lo contó mi madre porque directamente con ella, apenas he hablado de su vida.
Durante los tiempos tan difíciles de la guerra civil española, algunas familias enviaron a sus hijos al extranjero para asegurarse su supervivencia. Sin lugar a dudas debieron ser decisiones muy difíciles y momentos muy tristes despedirse de ellos, sin saber si volverían a verse.
Mi tío, Pedro del Rincón, fue uno de los miles de chicos que viajaron fuera de España. Terminó en Bélgica, donde aprendió el idioma, sus costumbres, y creció haciendo amigos. Uno de ellos fue Jaak Horckmans, un joven belga apuesto, de una familia acomodada y muy conocida en su pueblo natal, Malinas.
En algunas de las numerosas cartas que enviaba a casa, Pedro incluyó una fotografía en la que aparecía su amigo Jaak. Su hermana, Teresa, se fijó enseguida en el hombre de la fotografía, y en cartas sucesivas, comenzaron a escribirse hasta convertir el intercambio epistolar en verdaderas cartas de amistad y amor.
Por aquel entonces, no existían los ordenadores, ni internet, ni los móviles o Whatsapp… Y las cartas, enviadas por Correos, eran el único medio que disponían para comunicarse.
Su amistad llegó a ser tan profunda que mi tía llegó a tomar una importante decisión. Reuniendo todo su valor, emprendió un largo viaje a Bélgica para conocer a la persona con la que había establecido una amistad tan
sorprendentemente profunda y por la que profesaba un sentimiento muy especial.
Cuando Jaak y Teresa se conocieron en persona, no tardaron en darse cuenta de que no se habían equivocado. Su amor era sincero y verdadero, y no tardaron en consumarlo contrayendo matrimonio. Ese fue el principio de toda una vida juntos.
La tía tenía una gran capacidad para escribir y, en su tiempo libre, se dedicó a escribir cuentos para niños.
Compenetrada con su marido, de quien se sentía muy orgullosa, también escribía letras para sus canciones.
Cuando él dejó la música y se dedicó a la pintura, ella siguió apoyándole, segura de su don y de sus
posibilidades.
Por su parte, no tardó en dejar sus aficiones para dedicarse en cuerpo y alma a su casa y a acompañar a su
marido a los actos y eventos a los que acudían con motivo de sus obligaciones artísticas.
Viajaron por numerosos países del mundo, y juntos recorrieron casi toda España cuando mi tío se sintió tan
atraído por los castillos de nuestro territorio nacional.
Se mudaron de la casa que yo había conocido para vivir en otra que compraron no muy lejos de esta. Contaba
con un jardín interior muy coqueto y una especie de trastero al fondo que el tío convirtió en su taller. Un lugar
en el que pasaría muchas horas dibujando, pintando, y restaurando obras de arte, mientras escuchaba música.
Cuando él nos dejó en junio del año 2000, la tía se sintió algo perdida. Le invitamos a regresar a España, a vivir cerca de nosotros, pero ella no ha querido marcharse de su casa, del lugar y el país donde encontró la felicidad y su amor eterno. Supongo que sentía que así estaba más cerca de él por permanecer en aquel lugar. Es comprensible.