Ana María del Rincón Villanueva
Ana María del Rincón Villanueva nació en julio de 1936, en Sestao, Vizcaya, poco después de que comenzara la guerra civil española. Según me contó, cuando era pequeña, un desconocido salvó a su madre y a ella cuando les obligó a salir de un portal en el que su madre se había refugiado durante un aviso de bombardeo. Unos segundos más tarde, una bomba arrasó el lugar en el que habían estado.
Me contó que no pasaron demasiadas penurias gracias a que sus hermanos fueron muy avispados para traer comida a casa, pero recuerda que fueron años muy tristes y difíciles. La guerra enfrentó a muchas personas, incluso a familias enteras. Ambos bandos cometieron todo tipo de atrocidades y muchas personas se aprovecharon de cierto poder adquirido para hacerse con tierras y propiedades de quienes habían envidiado durante años… Es más, según me contó, en el pueblo donde tenían la casa y la finca mis abuelos, la mujer de una persona influyente del lugar se apoderó de todos sus bienes y les prohibió regresar, ante la amenaza de arrastrarla de los pelos por todo el pueblo. Mis abuelos nunca regresaron a reclamar lo que era suyo y emprendieron una nueva vida con sus hijos.
Durante esa guerra (como desgraciadamente sucede en todas), muchos perdieron a familiares diversos. No hay persona que viviera esa época, y con la que hables del tema, que no haya perdido un hermano, tío, padre o madre… Su madre, Esperanza, es decir, mi abuela, hablaba de su hermano Crescencio Villanueva Ortega, que desapareció por aquel entonces y del que nunca más se supo.
Mi madre se caracterizó por ser una niña abierta y alegre. No tenía vergüenza alguna y se ponía a cantar y a bailar en cualquier sitio, sin importarle quién le rodeara. La conocían en todo el barrio. Tal era su afición, que incluso lo hacía cuando su madre y ella viajaban en tren o cuando acompañaba a su padre a tomarse el café de la tarde, subiéndose a las mesas para llamar más la atención, mientras le aplaudían y animaban.
Cuando terminó la guerra, su padre – con su esfuerzo y empeño – le pagó las clases particulares de canto y de baile, a pesar de que no estaba muy contento de que se metiera en el mundo del arte. Sabía cuánto le apasionaba y lo bien que lo hacía. Al parecer, su voz, su cara, y su canto, eran muy reconocidos.
Luegó a cantar en la radio nacional, en salas de fiesta, aparecer en revistas… Durante un tiempo, incluso fue vocalista de un grupo musical muy conocido: Los Panchos. Iba por buen camino. Eso sí, su madre le acompañaba a todas partes porque no estaba bien visto que una mujer joven, guapa y soltera, viajara sola y mucho menos una artista. Mientras tanto, su padre trabajaba en casa para poder costear la familia y sus gastos.
Cuando su padre enfermó y su madre volvió a casa para cuidarle, se quedó sola. Coincidió con el mejor momento de su carrera. Le propusieron hacer una película en la que tendría que bailar y cantar, pero que sin lugar a dudas podría haberle llevado a la fama, como sucedió con quien sí que la aceptó. Sin embargo, por circunstancias y miedos personales ella rechazó el papel.
Me enseñó un sinfín de fotografías en las que aparecía. Menciones en prensa, entrevistas en periódicos, fotografías actuando o presentando a otros artistas… Principalmente, las fotos eran cantando, muchas de ellas con dedicatorias muy especiales que le habían escrito, de personajes que hoy en día son, o han sido muy famosos, como por ejemplo, Antonio Machín, Los Panchos, don Jaime de Mora y Aragón, Miguel Gila, el Dúo Dinámico, Marujita Díaz, Concha Piquer y Estrellita Castro, entre otros.
Desgraciadamente, un día, en un arrebato de tristeza y melancolía, incapaz de admitir que ya no era joven, rompió todos lo que tan celosamente había guardado durante tantos años, sin darme oportunidad alguna de salvar algo de su vida anterior que tanto me atraía.
Recuerdo una de sus anécdotas muy especialmente. Le llamaron a su camerino para informarle que dos personas importantes estaban interesadas en conversar con ella e invitarle a tomar algo. Ante su insistencia, acudió. Eran dos jóvenes apuestos y bien trajeados. Durante la conversación con el que tenía el pelo más claro, este le indicó con gran importancia que se llamaba “Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón” a lo que ella, completamente ajena a lo que esto significaba, y con total desparpajo, respondió: “Y yo, Ana María del Rincón Villanueva”. No fue hasta que se marcharon, que sus compañeros le explicaron con quién había estado exactamente…
Cuando conoció a mi padre, Juan Pedro Valencia, ese apuesto joven con una voz de ensueño, supo que tenía que ser para ella y así se lo hizo saber. Él no tardó en enamorarse de la joven, que no tenía reparos en decir lo que pensaba, y que contaba con un atractivo impresionante y un auténtico don como artista. Bailaba y cantaba hasta atrapar a cualquiera. Pronto, emprendieron una vida juntos que les llevaría a cambiar de país, a aceptar la responsabilidad de ser padres, y a dejar atrás el camino del arte en pos de su familia.
De pequeña, si bien esforzándose, me cantaba “Piel canela” y “Angelitos negros” con gran melancolía, pero con una voz que me encandilaba. Y, según ella, solo era un atisbo de lo que había sido. Perdió su voz por no seguir practicando…
En la madrugada del 1 de mayo de 2020, volví a sufrir una gran pérdida. Mi madre se marchó sin sufrimiento, durmiendo plácidamente en su dormitorio. Tenía 83 años. Se fue prácticamente al año de dejarnos mi padre, dejando un mayor vacío en mi corazón al perder a ambos progenitores en un periodo tan corto de tiempo.
Ana María del Rincón Villanueva se marchó para siempre.
“Te quiero y siempre te querré, mamá”.